viernes, 31 de agosto de 2012

Osos amorosos


Es todo un enigma y una parábola, noches en las que como hoy soy incapaz de pegar ojo y es inevitable comer techo y tener los ojos como platos. Claro que como en mi techo no se ven las estrellas debo ocupar este tiempo muerto de alguna manera para distraer a mi subconsciente e intentar quedarme dormida. Lo de contar ovejas es algo totalmente inútil, no sé si os ha pasado alguna vez, pero cuando lo intento llego a contar tantas que me aburro pero en lugar de dormirme me las imagino como mientras saltan la vaya se tropiezan, y como así se van apilando unas con otras creando así una gran montaña de lana con ovejas dentro, al más puro estilo de Wallace and Gromit (hay que decirlo porque nunca se sabe de donde ha tomado el subconsciente la idea y lo último que quiero es que se me acuse de plagio), y esto lo expliqué una vez en clase y solo sirvió para que se rieran de mi varias semanas, y tiene guasa que siendo yo la profesora tenga que aguantar mofas. Bueno, pues el caso es que divagas sobre lo que pasó ayer y hoy, y el día de mañana y lo ves todo difícil pero piensas en que todavía puedes hacer galletas y pasteles y eso hace la vida mejor, y recuerdas que cuando eras pequeña soñabas con que tus peluches cobraran vida y te abrazasen, y entonces piensas que vivir en un mundo como el de los osos amorosos debe ser lo más parecido a un paraíso, y intentas recordar los colores y lo que hacía cada uno pero ui, hace mucho que no lo ves. Y si miras un episodio por internet? Pero es realmente tarde así que debería ir a dormir, aunque no tengo mucho sueño. Bueno, no pasa nada, voy a contar ovejas.


sábado, 18 de agosto de 2012

                       
                Se levantó a gritos; perdón, la levantaron a gritos, los vecinos, y ella deseó que se mataran el uno al otro rápidamente y que la dejaran ya de una vez dormir por las mañanas sin ignominias ni oprobios que afectaran a su salud mental. Ojos todavía medio cerrados, se dirige a la cocina y allí abre el armario del que saca el cacao en polvo y el azúcar y echa dos cucharadas y una respectivamente en su taza de las mañanas. Vertió la leche fría de la nevera y sacó el bizcocho que había hecho el día anterior. Pero cual fue la sorpresa cuando, ya todo preparado, se dio cuenta de que no le apetecía ni un vaso de leche ni un pedazo de bizcocho; debió de ser la inercia que la llevó a hacer lo que hace casi cada mañana y su subconsciente, dormido, no le dijo nada o ya le pareció bien. Pero todavía no tenia fuerzas para abrir del todo los ojos, así que se bebió el vaso de leche y mordió el bizcocho repetidamente, que por cierto, le había salido delicioso.