Se levantó a gritos; perdón, la levantaron a gritos, los vecinos, y ella deseó que se mataran el uno al otro rápidamente y que la dejaran ya de una vez dormir por las mañanas sin ignominias ni oprobios que afectaran a su salud mental. Ojos todavía medio cerrados, se dirige a la cocina y allí abre el armario del que saca el cacao en polvo y el azúcar y echa dos cucharadas y una respectivamente en su taza de las mañanas. Vertió la leche fría de la nevera y sacó el bizcocho que había hecho el día anterior. Pero cual fue la sorpresa cuando, ya todo preparado, se dio cuenta de que no le apetecía ni un vaso de leche ni un pedazo de bizcocho; debió de ser la inercia que la llevó a hacer lo que hace casi cada mañana y su subconsciente, dormido, no le dijo nada o ya le pareció bien. Pero todavía no tenia fuerzas para abrir del todo los ojos, así que se bebió el vaso de leche y mordió el bizcocho repetidamente, que por cierto, le había salido delicioso.

No hay comentarios:
Publicar un comentario