Cállate, pensó. No digas nada al respecto, se dijo. En silencio las cosas duelen menos y hablar cuesta demasiado; es una actividad sobradamente asertiva que no logra dominar. Además, llevar el control de una conversación es agotador y requiere un grado de imposición que se le escapa. Así que lo dejó de ir. Pensó que por la mañana aquellas contingencias dejarían paso a una realidad robusta que alejaría los pájaros que tiempo atrás anidaron en su cabeza.
Ese día fue ayer, y siempre será mañana.
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