martes, 7 de septiembre de 2010

sobre el vuelo de las tórtolas


Imagino que me despierto por la mañana temprano con el cantar de los pájaros que migran hacia más el sur. Las sábanas están revueltas y, aunque hace sol y calor, el aire fresco que entra por el ventanal de madera me da esa sensación de frescor que tanto adoro. Del viento, las cortinas blancas no paran de sacudir y, aunque lo hacen suavemente, yo sufro por el jarrón de lirios que hay en la cómoda. Me levanto  (porque todavía estaba en la cama ) y cambio el jarrón de sitio; con lo que se agradece esa brisa no pienso cerrar la ventana. Descansada aunque dormida voy hacia la cocina de azulejos desiguales y pongo la vieja cafetera bien cargada en el fuego, y al lado pongo la parrilla para tostar un poco el pan de ayer, que hoy Lola no hace pan porque su hijo mayor se casa. Saco el vaso de café en una mano - le pongo dos cucharadas de azúcar y dos dedos de leche, está muy caliente así que lo llevo agarrado con un trapo de cocina - y el plato con las tostadas, previamente impregnadas en aceite, a la mesa del patio. Me siento, serena, hago pellizcos de las tostadas y los echo al vaso de café. "Pan tostaito migaito con café" digo en voz alta, recordando las palabras que dice siempre mi abuela materna. Con las manos llenas de café y aceite meto el trozo de pan en la boca  cerrando los ojos para saborearlo, oyendo de fondo los molinos (porque hoy sopla levante y no paran sus aspas ni un segundo), pero entonces una mosca no para de revolotear por mi cara, y abro los ojos y me ofusco porque en el pan hay otra mosca. De fondo escucho unas vacas mugir, un mugido que se acerca más, y reconozco que es el llanto de las vacas que les han quitado a sus terneros, como cada año por esta fecha, lo que significa que me tiraré dos noches sin poder dormir porque las vacas no pararán de mugir, es decir, de llorar. Y entonces suspiro, porque me doy cuenta que ni aquí ni allí; uno nunca está a gusto.


mulatillos a cascoporro


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