miércoles, 16 de marzo de 2011
de almohadas inútiles
Las raíces de su árbol atan mis manos,
sus ojos, no tan verdes como sus hojas, derraman la sabia que en su corazón robusto
ya no cabe
brota una pequeña flor blanca de la rama más retorcida,
una flor que parece volverse espina cuando ajena mano se le acerca
La sombra de su árbol es oscura, pero no me refugia
del mismo sol que abrasa sus hojas,
sus ramas se enredan entre mis dedos
y me atrapan cuando el viento, que sopla fuerte, incesante,
me empuja a la llanura ardua, esteparia y espesa
ausente de una vegetación abundante en su ausencia
Su árbol me empuja al río, con manos de madera y ojos de cristal,
sus tallos me destierran entablando así una relación que no se entiende si no es en la insensatez de unos instantes de iluminación descabellada coetánea de una necesidad imperiosa por ser.
De la noche paso al día en un intervalo tan corto que apenas me doy cuenta que otra noche ha pasado
otra noche de sueño intermitente - de día sueño incesante - de vueltas, pesadillas, quizás de caricias, de quebranto, de efusividad, de la luz de la salvación o de la irreparable perdición de mi alma,
de mi pétalo blanco.
Otra noche, que por no mantener durante el día una postura correcta, se presenta en los rincones de mi cuerpo en forma de un dolor apático
Te pediría que me calmases, pero ahora soy una presa del sueño y por mucho que grito no me oyes
y por mucho que intento abofetearte, mis aspavientos resultan inútiles y fracasados porque las raíces de un árbol atan mis manos.
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