Dudaba. Toda su vida se resumía en una duda constante sobre qué hacer y cómo hacerlo, una congoja habitual habitante en su estómago, causada por tímidas decisiones que fluían por su pensamiento como el Guadiana, con la visita asidua de dudas espectrales, o espectros recelados; fantasmas inanes de decisiones lisiadas que no corrieron la suerte de pasar por una recuperación exitosa. Por las noches, dormía con la persiana bajada pero dejaba resquicios entre las láminas para que por ellos entrasen delgadas líneas amarillas, encargadas de matar la oscuridad y espantar los espectros. Hace días que deja la persiana levantada, y ya no entran delgadas líneas, el color amarillo se esparce por toda la habitación y el gato se mete debajo de la cama para poder dormir porque ese color amarillento le recuerda al perro de la casa de al lado, un labrador que se pasa la vida ladrando al pobre Félix como si no tuviese derecho de pasear por los tejados de noche moviendo su cola presumida mientras se relame los bigotes tras haber chapoteado sus zarpas en bahorrina. Félix era de las pocas cosas que lo salvarían de ser el objeto de un esperpéntico final.
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