El mundo era más bonito en blanco y negro. El mundo era más bonito cuando era mundo. La vida era más fácil cuando era vida y no el guión de una película de Hollywood. Eran más noches las noches cuando las únicas luces que brillaban eran las de los fanales que alumbraban las avenidas adoquinadas, cuando en el cielo aún centelleaban las estrellas en un amarillo fulgurante, cómo el del sol de las doce, sol que ahora, que vives en un mundo que no es mundo, no te paras a observar. Llevas lentes oscuras para que todo contraste se suavice, para que el día sea más homólogo a la noche y las luces sean menos luces o menos amarillas y más blancas y que así resalten sobre la oscuridad que las envuelve. Apagas las luces para ver el mundo en blanco y negro, para que sea más mundo. Pero por mucho que lleves esos quevedos, todo sigue pareciendo igual de disonante e inapetente. Todavía no te has dado cuenta que por mucho filtro que pongamos, nuestros ojos ya no son ojos que ven, son ojos que permutan ese palimpsestos en el que se ven encerrados. Constante, frenético.

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