Me encontraba mal, tal vez por aquella situación de zozobra por la que me veía, sin quererlo, envuelta. Tanto decir que las últimas generaciones no conocemos acontecimientos históricos que nos estigmaticen, que no valoramos la lucha porque no necesitamos luchar por nada (todo nos viene en bandeja y lo sabemos, por ello nos sentimos mal y hacemos ver que la situación en la que vivimos es realmente precaria, convirtiéndonos en lo que los medios etiquetan como “jóvenes antisistemas” y además, yo añadiría, snobs. ), decía que no nos tenemos que remangar la camisa, pero ahí si que tuve que hacerlo, no solo tenía la camisa remangada sino que era totalmente consciente de que aquello, acababa de dejar una huella en el corto transcurso de mi existencia por la tierra. De repente, algo pasó; aquella algarada se dispersaba como en el primer golpe de una partida de billar, sin motivo más que fricción e inercia la gente corría hacia el sur, al este o al oeste; nadie se paraba a mirar atrás. Yo recuerdo que corrí hacia la derecha del tanque (aquel tanque gris, o crudo) y, aunque mientras me acercaba a aquel sitio vacilaba sobre la garantía de aquel refugio, entré, movida a hacerlo sobretodo por la descomposición que estaba teniendo lugar en mi estómago. Toda aquella turbación y desasosiego eran demasiado difíciles de digerir para mi abdomen. Yo, que, en cierta manera, siempre me he sentido una combatiente de causas perdidas, yo, que siempre mostré – aunque sólo para mis adentros – pero que siempre mostré ese valor y arrojo como si fuese una ...

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