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Antes de volver a la montaña, déjame mirar el mar. Quiero memorizar los colores que el agua refleja en cada franja horaria, recordar a qué hora sube la marea, y cuando baja. Perfilaré el delgado trazo que dibuja un horizonte lejano, inalcanzable, para recordar que a veces las cosas parecen inmensas porque se confunden: una cosa es el cielo, otra cosa es el mar. A altas horas de la noche, alguna hora intempestiva (aunque sin tempestad), me sentaré en la arena y combinaré el olor neutro de la sal, con el tacto húmedo de la arena; así oleré la arena, y palparé el olor a salitre. El reflejo de la luna en el agua ya me quedó grabado hace tiempo, no supone esfuerzo alguno. Luego, dejaré un escenario de dos colores para adentrarme en uno de tres, al azul del cielo y el terracota de la arena, se le suma el verde. El mar de agua dejará paso al mar de hojas, los diferentes colores del agua según la hora contrastarán en mi cabeza con los diferentes colores del follaje según la estación del año. Cambiaré el olor de la sal en la arena, por el olor suave de la tierra cubierta de hierbas, y cuando coja una pequeña flor, sentiré que estoy dentro de un agua de verdes hierbas, cogiendo lo que puede ser la prima de alguna alga pero seca, y amarilla.
Sin embargo, aquí, dentro de esta espesura -por ahora- verde, no diviso el horizonte; perfilaré el dibujo que las copas de los árboles y las cimas de las montañas dibujan sobre el cielo: lo intangible por lo tangible, una inmensidad inconfundible.

ay... el mar!
ResponderEliminarPD. sóc la sílvia (viena, república, balaguer, novia del sergi). Em permeto la llibertat de seguirte, que tot just m'estic estrenant al món blogger :)